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José Luis Pérez Triviño

José Luis Pérez Triviño
¿Es la política antidopaje (excesivamente) paternalista con los deportistas?

Dopineko azken kasuek (‘Puerto’, ‘Galgo’, ‘Armstrong’) kalte handia egin diote kirolari oro har, eta Espainiakoari bereziki. Izan ere, zalantzan jarri dute azken urteotan espainiar kirolariek lortutako garaipenetako batzuen zilegitasuna. Bestalde, kirol profesionalaren arloan dopinaren kontrako politikaren justifikazio juridiko eta moralari buruz beharrezko eztabaida bat sustatzeko balio du: dopina lagez debekatu behar da?


Los últimos casos de dopaje (“Puerto”, “Galgo”, “Armstrong”) están produciendo un notable daño al deporte en general y al español en particular, al poner en duda la legitimidad de algunos de los éxitos alcanzados por los deportistas españoles en los últimos años. Por otro lado, ha servido para generar un debate necesario acerca de la justificación jurídica y moral de la política antidopaje en el ámbito del deporte profesional: ¿debe prohibirse legalmente el dopaje?, ¿qué hay de malo en él?

El debate se plantea principalmente con relación a tres efectos perjudiciales del dopaje y que afectarían a la salud del deportista, a la igualdad de oportunidades entre los atletas y a los fines internos del deporte. También hay otros problemas que plantea la actual prohibición del dopaje como las incoherencias e imprecisiones en la actual normativa respecto de las técnicas y sustancias prohibidas y las permitidas, la incoherencia entre prohibir el dopaje y en cambio tolerar prácticas deportivas o entrenamientos manifiestamente peligrosos y la posible afectación de los controles antidopaje a derechos fundamentales de los deportistas. Por razón de espacio me centraré únicamente en el primer argumento, esto es, de qué forma el dopaje atenta contra la salud de los deportistas y justifica por ello su prohibición.

En su formulación estándar la objeción señala que el dopaje puede provocar un daño a la salud del deportista, ya sea porque no está supervisado médicamente o porque no se tienen suficientes conocimientos de sus eventuales efectos sobre el organismo humano. El reciente caso del ciclista italiano Riccardo Riccò, que ha estado a punto de morir al practicarse una autotransfusión sanguínea casera, muestra los riesgos de algunas técnicas dopantes. En defensa de este argumento se ha apelado también a la analogía con los controles de alcoholemia, que han conseguido reducir notablemente los accidentes de tráfico.
Ahora bien, es factible señalar varios contra argumentos. La analogía con los controles de alcoholemia debe ser objetada porque la conducción bajo los efectos del alcohol no pone en peligro únicamente la vida o salud del conductor, sino también la de otras personas. Es decir, hay un daño a la salud pública. Esto no parece que se produzca con el dopaje.
Respecto a la peligrosidad de algunas de las sustancias y técnicas dopantes, es cierto que existe ese riesgo, pero en muchos casos la causa de la peligrosidad es precisamente la prohibición que lleva a los deportistas a prácticas clandestinas, sin control médico y con ignorancia de los eventuales riesgos y efectos futuros. Esto es precisamente lo que ocurrió a Riccardo Riccò. Pero la clandestinidad no sólo tiene este efecto negativo, sino que produce consecuencias parecidas a la famosa ley seca norteamericana en los años veinte del siglo pasado. Y es que los efectos dañinos sobre la salud pueden ser mayores con la prohibición que con la tolerancia acompañada de control médico y la información a los deportistas. Así se rebajarían considerablemente los riesgos.
Pero la idea más importante frente al argumento del daño es que no deja de ser un argumento paternalista injustificado, se estaría interfiriendo en la voluntad y capacidad de decisión de un ser adulto y del que se presume un mínimo de racionalidad y autonomía para realizar elecciones que afectan a su propio plan de vida, excepto que esos riesgos sean excesivos.
El argumento del daño se podría sofisticar señalando la dificultad en distinguir entre daños poco perjudiciales y daños peligrosos: las sustancias o técnicas dopantes en principio inocuas pueden generar en el futuro consecuencias graves sobre la salud o efectos perjudiciales desconocidos en el presente. Sin negar que esto sea así, si se quiere ser coherente ¿por qué no prohibir el consumo de tabaco, alcohol o de las drogas dados sus efectos dañinos sobre la salud? O en el ámbito del deporte, ¿por qué no prohibir el esquí (y otros deportes) que tiene un índice de mortalidad y de accidentes muchísimo mayor que el dopaje? Por otro lado, muchos de los experimentos científicos y médicos se llevan a cabo sin conocer los efectos secundarios a largo plazo. Y no por ello están prohibidos. Es cierto, como ha sido señalado desde el ámbito médico que la peligrosidad la deben decidir los científicos, pero la decisión de someterse a un tratamiento médico, practicar un deporte o de tomar los riesgos corresponde a cada individuo, a quien en todo caso se le ha de suministrar toda la información relevante sobre las consecuencias negativas. En eso consiste la libertad personal.


José Luis Pérez Triviño
Profesor titular de Filosofía del Derecho
Autor de “Ética y deporte” (2011)