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Iñigo Mujika

¿Por qué hacer ejercicio?

Las tendencias de la sociedad contemporánea hacen que resulte imprescindible justificar de forma convincente la necesidad de la práctica de actividades físicas y deportivas. La mecanización, tecnificación y automatización, la aceleración de las comunicaciones y los transportes, la amplia disponibilidad de ordenadores y medios audiovisuales prácticamente han eliminado las ocupaciones físicamente exigentes y la participación en actividades recreativas basadas en el movimiento. Este excesivo sedentarismo que domina nuestra sociedad está coartando el desarrollo natural del niño, limitando así una de sus principales características: el movimiento. Esto impide que el niño alcance la expresión total del legado biogenético, y hace que condiciones como el sobrepeso y la obesidad sean cada vez más patentes entre nuestros niños. En efecto, un estudio reciente en el que se analizaron tanto los hábitos comportamentales como la composición corporal de casi 700 niños/as de 11 años de nuestra ciudad, demostró que sólo un 30% de los niños y un 22% de las niñas dedicaban más tiempo al ejercicio físico que a actividades sedentarias como ver la televisión o jugar a los videojuegos. Así, no resultó demasiado sorprendente observar que algo más del 20% de los niños/as presentaban un problema de sobrepeso, y que en un 10- 12% de los casos éste fuera lo suficientemente importante como para que los niños/as en cuestión pudieran ser considerados obesos. Esta situación es altamente preocupante considerando que la obesidad, además de ser un factor condicionante que puede interferir en el mantenimiento de una buena calidad de vida, está asociada a un sinfín de enfermedades y a una mortalidad prematura. La actividad física y el deporte son los principales medios de los que disponemos para combatir los efectos nefastos del sedentarismo. Sin embargo, el interés que se aprecia hoy en día por el deporte es en gran medida “observativo”, en lugar de participativo. Alabamos las hazañas de los deportistas de élite que actúan ante nuestros ojos, en lugar de interesarnos por ese deportista más modesto en que cada uno de nosotros podría convertirse. A pesar de la tendencia generalizada hacia hábitos de vida cada vez más sedentarios, la ciencia nos demuestra día a día que la actividad física mejora nuestras cualidades fisiológicas y aumenta la longevidad. En efecto, se ha demostrado que el ejercicio físico nos protege, entre otras patologías, contra el desarrollo de enfermedades coronarias, infarto, hipertensión, obesidad, diabetes de tipo II, osteoporosis, algunos tipos de cáncer e incluso contra la depresión clínica. Además, el ejercicio físico mejora la capacidad funcional y retrasa la aparición de enfermedades e incapacidades asociadas con el envejecimiento. Y cuanto antes se inicie una persona en la práctica del ejercicio físico, tanto más importantes serán los beneficios a largo plazo. Es por ello que resulta fundamental motivar a nuestros niños para que se involucren y participen en cualquier tipo de actividad física y deportiva, y estimularles activamente para que en el futuro sigan involucrados en ella. Por otra parte, además de los beneficios referentes a la salud y la calidad de vida que acabamos de mencionar, la ocupación del tiempo libre con actividades físicas y deportivas conlleva otro tipo de beneficios de tipo social y formativo. El niño que participa en actividades físico-deportivas está también aprendiendo, entre otras cosas, a entablar relaciones sociales y a aceptar ciertas pautas de comportamiento, a guiarse por normas de conducta “deportivas”, a plantearse metas y esforzarse por alcanzarlas, a canalizar su agresividad por vías positivas, y a desarrollar su autoestima. Por todo lo anterior, deberíamos saber apreciar la actividad física y el deporte como lo que son: uno de nuestros bienes más valiosos y efectivos para asegurar una vida saludable y de calidad. Esto debería animarnos a ser cada vez más activos, en lugar de serlo cada vez menos.

Dr. Iñigo Mujika