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Carmen Bravo

Carmen Bravo
En verano ¡a jugar!

El verano tiene algo especial. Decir verano es decir agua, paseo, juego disfrute, luz, calor y color…
El periodo estival es la época del año preferida por los más pequeños. Las jornadas lectivas dejan paso a nada menos que a… ¡las vacaciones! El frío, las tareas y los días nublados ceden el turno al sol, a la piscina, a la bicicleta, al deporte al aire libre, al juego o al parque. El verano es la estación por excelencia para que los pequeños se hagan “dueños” de su tiempo, de la ciudad y de sus recursos.
Pero no sólo los pequeños disfrutan del verano. Los mayores también encuentran su válvula de escape estival en ese viaje, en esos días en el pueblo, ese “ir un rato a hacer deporte” o en esas excursiones de fin de semana.
En realidad a todos, pequeños y mayores nos une lo mismo: perseguir lo que nos gusta y anhelar lo que nos hace sentir bien. Así de simple pero a su vez, así de difícil.
Entre todo aquello que nos puede hacer sentir bien, mantener un buen clima familiar destaca por su importancia a lo largo de la vida y conseguir este buen clima no siempre es fácil. Por eso, es bueno aprovechar todas las oportunidades que se nos presenten y el verano tiene algo especial: llena el ambiente de una cierta “alegría” que se contagia y que anima a que grandes y pequeños se relacionen compartiendo tiempos, espacios y actividades. El verano ofrece la posibilidad de que la familia se comunique y estreche sus lazos.
Uno de los requisitos fundamentales para una sólida relación familiar es la comunicación que por otro lado, es una de las carencias más importantes que sufre nuestra sociedad actual.
El juego entre diferentes generaciones puede ser una de las mejores herramientas para mantener la afectividad familiar. Ayuda a fortalecer la complicidad entre los miembros de la familia, abre vías de comunicación, permite exteriorizar las expresiones de afecto, y deja aflorar las emociones de una forma natural, espontánea. Jugar en familia supone la necesidad de organizarse, la toma de conciencia de aprender a construir juntos un clima de respeto y cooperación.
En definitiva, jugar en familia ayuda a construir una relación familiar sólida y duradera.
La comunicación que se establece entre el niño y el adulto cuando juegan bien de modo espontáneo o bien de manera dinamizada, les permite olvidarse de sus prisas, sus tensiones y sus preocupaciones dejándose llevar por la magia del momento y disfrutando…
Pero, en numerosas ocasiones el adulto “cumple” con el niño y con su deber de padre, madre o abuelo bajando al parque o jugando una partida rápida de algo que no suponga mucho tiempo porque a pesar de vivir en el siglo XXI los adultos aún no le hemos dado al juego la oportunidad que se merece y nos parece que jugar es sólo cosa de niños…
Los adultos hemos dejado al juego compartir nuestra infancia pero le hemos ido cerrando las puertas de nuestra juventud y por supuesto, de nuestra madurez. La realidad es que no sólo nos la hemos cerrado a nosotros sino que también se la estamos cerrando a los mas pequeños priorizando en su tiempo libre acciones productivas que le ayuden a forjarse “un buen futuro”.
Jugar es una necesidad incuestionable en la infancia que además no desaparece cuando crecemos si no que la reprimimos. Demos al juego el valor que se merece porque, reflexionemos un momento: ¿Qué pasa cuando una persona juega? Que se divierte, que se entretiene, que se ríe, que se emociona, que se siente viva ¿No es eso necesario a cualquier edad?, ¿y que mejor que sentirse vivo rodeado de los suyos?...
El juego está ahí, esperándote en cualquier lugar, en cualquier momento... déjate llevar y este verano tengas la edad que tengas ¡Juega, juega, juega!

Carmen Bravo
Asesora pedagógica de Prismaglobal